La piedra que no deja de horadarse

Por Pedro Ottonello

Un café es la excusa que me encuentra con un amigo. Los temas de charla son los recurrentes, hasta que la tevé muestra una imagen condenada a ser vista y re vista por el espacio del tiempo: un joven trastabilla pero no tropieza, y cae al vació desde la boca de una tribuna.

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-Esto se nos está yendo de las manos.

-… Emanuel Balbo es la victima número 318 del fútbol argentino.

-Hace rato que el agua casi nos tapa la nariz- le espeto, con desilusión.

De Bertrand Russell a Karl Jaspers, distintos pensadores se han preguntado qué lleva a los hombres a hurgar dentro de la cabeza, sacudirla y buscar respuestas. Y este es uno de esos momentos: una situación límite. No, no bastó sacar a la policía de la tribuna. No, tampoco bastó sacar el público visitante. No, tampoco fue la solución el AFA Plus. Una innumerable cadena de Nos se caen por si sólos. Se caen de lo repetidos que son, del mismo hartazgo de escucharnos repetirlos.

Un vaso que parece nunca llenarse, una piedra más dura y grande que la que encontró Amilcar Barca en su paso por los Pirineos en su camino a Roma. Una piedra que no se orada, una piedra que lentamente comenzamos a sentir sobre nuestros hombros.

Irrumpen en el recuerdo dos casos, opuestos, sí, pero similares de alguna manera. El primero transcurrió durante los ’80. El 7 de abril de 1985 moría Adrián Silvio Scassera, de 14 años en la cancha de Independiente, visitado por Boca. Era el regalo que papá Juan Angel, un humilde vendedor de panchos de José León Suarez, podía hacerle al hijo. Una ecuación repetida: tumulto, desconcierto, una explosión, se abre la tribuna, cuando Juan abraza a Adrián siente calor en su mano y una mancha roja se expande por su mano. Una bala le atravesó el pecho y muere poco tiempo después. Juan falleció hace unos años, sin encontrar justicia, recorriendo los tribunales hasta el último día. Se fue jurando y perjurando que la bala la disparó un policía.

El otro antecedente es el de Almirante Brown de Isidro Casanova. En la final disputada en la cancha de Racing ante Estudiantes de Buenos Aires llegó el chorro que derramo y volcó el vaso. La final se suspendió, previo a desmanes y mucha violencia. Luego continuó, quita de 18 puntos para el torneo entrante, multas, sanciones y otras medidas similares. Tocaron fondo, se habló de desafiliación de AFA. Los vecinos de Avellaneda recuerdan que además de los incidentes en la cancha, saquearon ademas los puestos de choris y panchos a la salida del estadio. Una faena completa.

El pedido es aunado: justicia.

Antes que un dedo acusador corone al “Sapito” Gómez como culpable de una muerte horrible, cabe preguntarse por los tres dedos que señalan a uno. Todos nosotros, quien más y quien menos, estamos empujando al futbol argentino al matadero. Sería injusto buscar repartir salomónicamente la culpa, como cuando tras una travesura los nenes del primario se acusan entre si para no ir a dirección o que llamen a mamá. La circunstancia pide una auto evaluación a la altura.

Hemos hecho del fútbol la cultura del aguante. Invito a cualquier persona a escuchar los cánticos que se cantaban en los ’80 y los que se cantan hoy. Un pequeño síntoma, si, de algo mayor, festejamos y nos alegramos de la destrucción de quien antes era un rival circunstancial y es hoy nuestro enemigo. Sobran ejemplos, urge recordar uno. El 28 de noviembre del ’73 Independiente le ganaba a la Juventus, se traía la Intercontinental para enfrentar al siguiente domingo a… Racing, y en el cilindro. El 3-1 de aquel partido es lo de menos, la gente de Racing aplaudió de pie, y eso es lo importante. ¿Sucedería hoy?

Pensabamos haber tocado fondo con el gas pimienta, y cuando nos vimos en el fondo del pozo, nos llovió una pala y seguimos cavando. Si es verdad aquel viejo rezo de los abuelos y padres, que el cambio real viene de uno mismo, que uno realmente debe hacerse cargo de sus acciones, le ha llegado la hora al mundo del fútbol de ponerse los largos y en circunstancia. Nos encontramos ante un momento bisagra, que caló en todos. Nos quedan unas imágenes como suplicio y dos nombres distintos: uno nos remite a una canallada y una cobardía desmedida, el otro ya es sinónimo de dolor y pérdida, esperemos no se convierta en impunidad.

-Che, ¿vos cómo decís que seguirá esto?

-No lo sé, ojalá que hay justicia… y que no se repita más.

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